El hechizo musical, corrientes de caderas que me transportaron, que nos transbordaron;
Uno sus ojos coquetos,
dos sus formas,
tres la tiniebla que manifestaba.
Me enamoré de aquellas ondulaciones, de aquellas manos juguetonas, de la habitación que se inundó simplemente de su sensualidad infinita. Entre baile y pantomima respire aquello que me llevaría finalmente a la locura. Entere el sonar de los tambores al compas de los cascabeles que ahorcaban sus caderas. Terminamos ella y yo mezclados en un fango del que no nos pudimos limpiar, mis brazos se convirtieron en enredaderas que se ataron a su vientre, su vientre en tronco indolente.
Cuatro los timbales nos encendieron.
Cinco Nos incineramos en efusión.
Seis, Sus caderas, el baile y yo.